23/7/11

Here Comes the Sun



“El rostro de la muerte
es un espejo
en él nos reflejamos todos
La luna se refleja para
el que muere de noche
Se reflejan reyes sabios
y los hombres más vulgares”

-          Daniel Greene, “Retrato universal”


No era como las demás, nunca salió a fumarse un cigarrillo, y cuando quise dejar de comer, me dio la sopa a bocados pequeños. Le decían ‘Delfi’ porque se llamaba Filadelfia, había estudiado enfermería para cuidar a niños pequeños. Me contaba que el desorden y la hiperactividad infantil la hicieron trasladarse a geriatría, y luego a quemados, y después a cáncer. Ahí nos presentó mi oncóloga, la afable doctora Gutiérrez, y aunque Delfi y yo pasaríamos juntos los peores momentos de mi enfermedad, esos de pérdida progresiva de funciones, nada me ha avergonzado más en mi vida que estar frente a ella (y sus rizos largos) sin un gorro puesto, ni peluca, ni siquiera una mascada que cubriera mi calvicie de adolescente en tratamiento intensivo.

Qué estúpido, pensar que ella podría burlase de algo tan común en esa zona del hospital, y me sentí como mi madre cuando daba a luz: una parturienta pudorosa cuando le abren los muslos bañados en sangre. Supongo que es hereditario avergonzarse por cosas como esa, tan nimias; son costumbres que el paso del tiempo no puede quitarle a las personas, rasgos que se transmiten de generación en generación. Y aunque sé que en mucho no es cierto, heredé el cáncer cerebral de la madre de mi madre.

Por así decirlo, entre los pacientes y el personal yo era famoso (o infame, más bien); había pasado ya por varias enfermeras, pero no recuerdo sus nombres con claridad, ni una sola había sido de mi agrado. Sus uniformes de tela impecable, las cofias que coronaban sus cabezas eran señales de que todo lo que hacían lo hacían por el trabajo, y a cada una de ellas no le importaría mi muerte. Delfi era muy distinta, llevaba siete años en el hospital y todos sus pacientes la recordaban con cariño. Sin duda era experta en casos difíciles, probablemente había atendido a muchos como yo, pero el escucharla pronunciar mi nombre fue como si realmente sintiera aprecio por mí. Algo en el interior me dijo que con ella quería quedarme hasta el final, sea cual éste fuese.

Yo no era extraordinario, solamente otro chico sin cabello condenado a morir; era un nombre más en la lista: R. Sohma (y mal escrito, además). Cuando obtuve la autorización para dejar el tratamiento y pude volver a casa, mis padres la contrataron particularmente para cuidar de mí. Y a pesar de que tenía un contrato con el hospital, ella fue, así de poderoso era mi apellido. Su cara era tan dulce que no podía pensar en el dinero que le darían a mis espaldas, y en cómo ella iba a seguir adelante cuando yo muriera. Delfi había pasado por tantas muertes, por tantos funerales que otro más no sería gran cosa. Pero mi deseo era distinto, yo quería ser especial para ella, quería permanecer en su memoria.

Morir, funerales, supongo que yo hablaba mucho de eso; mi madre hacía todo para que yo intentara ser más optimista, me llenó el cuarto de flores, de mis libros favoritos, y al poco tiempo ya no pude leer ni escribir, y le dictaba a Delfi los comandos para que alguien más terminara los sistemas que yo había dejado en construcción. Recuerdo cuando me preguntó con que ‘b’ se escribía ‘Basic’, se me hizo encantador. Al percatarse lo mucho que observaba a Delfi, mamá me contó sus experiencias amorosas: el típico cuento de cómo conoció a mi padre; pero esta vez era distinto, yo no estaba enamorado. Tuve la experiencia del amor cuando era más joven, y lo único que me quedó era mi mascota: una cacatúa de nombre Goliath. Por Delfi no era lo mismo, era algo diferente, un respeto, una fe sin causa.

Nos gustaba intercambiar anécdotas del oficio, cómo yo pasaba horas tecleando sin comer, cómo ella velaba por sus pacientes. Siempre me decía que era peligroso malpasarse, no importaba realmente la edad. Era extraña la forma en la que a veces me trataba como a un niño, aunque estoy casi seguro que yo era mayor que ella. Supongo que Delfi nunca dejó de creer que yo tenía catorce años, la edad en que me diagnosticaron epilepsia y se detuvo mi desarrollo. Ahora mi hermana menor, María, está embarazada, y yo soy un niño de veintiocho años, muy débil para caminar.

Delfi me dio consuelo en innumerables ocasiones, limpió mi rostro cuando el medicamento me hacía vomitar, sostuvo mi mano las muchas veces que grité de dolor; y mientras pude mantenerme erguido, me paseó por el jardín en silla de ruedas, contándome las vidas de personajes ilustres. ‘Sabía mucho de hombres muertos’ bromeábamos. Su presencia me resultaba reconfortante, un alivio para el dolor. Incluso los últimos momentos, cuando me pusieron morfina hasta que caí en un profundo trance, sólo dejaba de dolerme con ella a mi lado. Y sus ojos… sus ojos negros me daban certeza. ¿De qué? No sabía.

Todos mis parientes me visitaban, si hubo algo bueno de mi enfermedad es que toda la familia se reunió bajo un solo techo. Todos excepto mi hermano, que vivía en el manicomio desde que yo tenía seis años y él me intentó lanzar de un cuarto piso. En ese tiempo él tenía once, pero papá es un doctor respetable en psiquiatría, y se odiaban. Me pregunto si me habría dejado morir sin tratamiento de haberme odiado.

Delfi era, también, mi mediadora, me ayudó a entender a los doctores, y me dijo con toda honestidad cuando, en argot médico, confirmaron que me quedaban pocos meses. Cuando mamá se enteró de la prognosis, echó a llorar como nunca antes; aunque no creo que pensaba en verme curado, siempre que dicen que alguien a quien amas va a morir, no puedes sentir menos que sorpresa. Delfi también la consoló, y a María, y a mi padre. Justamente lo último que recuerdo antes de la inconsciencia es a papá llorando, mientras preguntaba por qué a mí y no a alguien más, por qué a mí y no a mi hermano.

Al poco tiempo, todo se transformó en una maraña de sensaciones, los días pasaban en un parpadeo. Las cosas desfilaron frente a mí como un ensamblaje de película: Delfi leyéndome la Iliada, Delfi acercándome las flores para que pudiera percibir su perfume, mi pájaro Goliath, que no soportaba a Delfi, como si algo malo le supiera. En algún momento escuché a mi hermano mayor cerca de mí, me llamaba, confesándome cosas incoherentes. Escuché a mi hermana tarareando Here Comes the Sun, y sentí la tibieza tranquila de la primavera. Había pasado ya más de diez meses en tratamiento, y todos queríamos que las cosas terminaran.

Recuerdo bien mi última noche, algo, quién sabe qué, me había hecho despertar. Estaba de pronto consciente, pero no tenía la voz para llamar a nadie. Distinguí a Delfi en la obscuridad, reclinada sobre un sillón viejo, era media noche, pero pronto supe que estaba despierta. Tenía la mirada fija en mí, como si nunca cerrara los ojos, como si no durmiera nunca. Estaba a punto de llamarle: Delfi, Delfi, pero fue imposible; una fuerza me cerró la garganta, y nos quedamos los dos, ella mirando mis ojos y yo los suyos, negrísimos. Sentí su alma escrutando la mía con descaro, en ese momento le fui transparente.

Se levantó. No pude despegar la vista, y con cada paso de sus pequeños pies, con cada clic clac de sus lindos zapatos de enfermera, se hacía más intenso el escalofrío que subió por mi espalda. Me había helado el corazón, y el poco cabello que me había comenzado a brotar lo sentí erizándose hasta la punta. De pronto ya estaba muy cerca de mí, sentada en la orilla de la cama, acariciándome las manos o lo que quedaba de ellas después de mi lucha contra el cáncer. Yo me sentía temblar, pero no era por el frío de la noche, ni por la terapia que me hacía tan débil, sino porque la vi. La vi, vi algo más que sus ojos, vi su cabello que se confundía con la noche, su piel blanca por la luna, sus labios, su media sonrisa.

Murmuré por fin su nombre: Delfi, y se escuchó tan ajeno, tan distinto. En ese momento ninguno de los dos era la persona que había sido antes, ella no era Delfi. Y aún así, sonrió. Vi sus dientes pálidos, perfectos, y lo supe, esa sonrisa tan confiada me lo había dicho todo. Sin palabras me dijo que era hora, que debía de irme. Tuve miedo, me sentí una persona mal agradecida por no haberle dicho adiós ni a papá ni a mamá, por hacerlos sufrir tanto y al final no despedirme. Tuve miedo del dolor, el ahogo, de todas las penurias que me había hecho sufrir la terapia.

Pensé en Goliath, seguro moriría al poco tiempo de tristeza, solo, porque mamá y María lo tachaban de sucio, insoportable. Pensé en mi hermano y sus confesiones: ¿Qué habría querido decirme? Pensé en mis sistemas inconclusos, pero Delfi me acarició la cara, y supe que todo sería para mejor. Cerré los ojos al sentir su beso húmedo en mi frente, un beso helado, y comprendí en ese instante que cuando miras a la muerte a los ojos no sientes temor, no sufres, sólo hay calma, una certeza inexplicable.

Y casi puedo escuchar a María tarareando: Here comes the sun / Here comes the sun/ and I say / It’s all right…

Escrito por Daniel Greene
3° Lugar de nuestro concurso de escritura, categoría cuento

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